La leptina es la voz hormonal de la grasa corporal. Producida por el tejido adiposo y leída por el hipotálamo, informa sobre las reservas de energía y ayuda al cerebro a coordinar el apetito, la tasa metabólica, la fertilidad, el tono tiroideo, la actividad inmunológica y la formación ósea. Es una señal del sistema, no solo un indicador de «saciedad». Los intervalos de referencia varían según el laboratorio, el sexo y la grasa corporal. Los niveles aumentan con la masa grasa total y son naturalmente más altos en las mujeres que en los hombres, aumentan con la pubertad y se elevan durante el embarazo debido a la producción de placenta. Para una composición corporal determinada, los valores que se encuentran en la mitad del rango esperado tienden a reflejar una señal clara y eficaz. Cuando la leptina es inferior a la esperada para la masa grasa de una persona, el cerebro detecta escasez. El hambre aumenta, el metabolismo en reposo y la temperatura corporal disminuyen, y son frecuentes la fatiga y la intolerancia al frío. El eje tiroideo se desplaza hacia una T3 más baja y el eje reproductivo se ralentiza: falta de períodos menstruales o infertilidad en las mujeres; baja libido y parámetros espermáticos reducidos en los hombres; retraso en la pubertad en la adolescencia. La formación ósea disminuye, lo que aumenta el riesgo de sufrir fracturas por estrés, y las defensas inmunitarias pueden debilitarse. Una deficiencia genética poco frecuente provoca una hiperfagia profunda y un inicio precoz de la obesidad, a pesar de que los niveles de leptina son muy bajos. Cuando los niveles de leptina son altos (la mayoría de las veces con un aumento de la masa grasa), la señal puede ignorarse de manera centralizada (resistencia a la leptina). La saciedad disminuye, el tono simpático y la presión arterial pueden aumentar, la inflamación aumenta y la resistencia a la insulina, el hígado graso y el riesgo cardiovascular aumentan. Los niveles altos durante el embarazo son fisiológicos. Panorama general: la leptina conecta las reservas de grasa con el cerebro y, a través de circuitos neuroendocrinos, con el metabolismo, la reproducción, la inmunidad y los huesos. La transmisión de señales distorsionadas de forma persistente (muy escasa o demasiado alta) conlleva riesgos como la infertilidad, la osteoporosis, la diabetes tipo 2, el hígado graso y las enfermedades cardíacas.